Ciudadanía libre y respondona

21 de abril de 2021
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Iria Comesaña Casado

“¿Quién puede decirme quién soy yo y qué estoy haciendo aquí, en vuestra clase? ¿Y cómo lo sabéis? ¿Cómo sabéis que lo que os acabo de contar es verdad?”. Es curiosa la reacción del alumnado de los institutos cuando, avanzada la primera hora del taller La prensa en las escuelas, desgranamos ejemplos prácticos sobre el trabajo periodístico, cómo se verifica una información o qué fuentes son creíbles, y de repente se dan cuenta de que también va con ellos. De que todo el mundo toma decisiones, y esas decisiones dependen mucho de la calidad de la información que tengamos.

El problema es que estar bien informado es un camino de doble dirección: “Oh, lo siento, no basta con leer lo que te sale en el móvil. Tú también tienes que hacer un esfuerzo si no quieres que te la cuelen”. Y a esas edades, que te la cuelen te sienta fatal. Estás en edad de ser respondón y de repente te has quedado sin argumentos. Ahora ya les interesa un poco más aprender a distinguir qué es verdad y qué no en esa infinita red de contenidos que son internet y las redes sociales, sus principales vías de conexión con el mundo.

Una mínima comprobación sobre la cantidad de información falsa que circula por todas partes les preocupa, el deep fake les zarandea: que haya vídeos manipulados que dejan claro que no pueden creer ni lo que ven con sus propios ojos no les hace ninguna gracia. Y en las últimas sesiones tienen reciente el documental (o larga entrevista) en el que Rocío Carrasco desvela su vida tras 20 años de silencio, y se dan cuenta de que si durante todo ese tiempo han estado creyendo algo que no era cierto ha sido porque han tenido mala información, información sin contrastar.

Llevar el periodismo a un aula de adolescentes es jugar en terreno desconocido. Esta generación de jóvenes ha aprendido a ver el mundo en la pantalla de sus teléfonos. No escuchan la radio, ven poca televisión y, faltaría más, no leen periódicos en papel. Eso no es lo más preocupante. Lo que sí puede convertirlos en analfabetos digitales, tanto como quienes se han acercado a las tecnologías cuando ya no están en edad de asimilarlas, es no saber distinguir con claridad qué es información, qué entretenimiento, qué son intereses comerciales o qué son burdos bulos, sea cual sea su formato. Porque en las pantallas de sus móviles, aunque cambian la apariencia, las aplicaciones y los usos, todo se parece demasiado.

Como periodista, a mí me ha sorprendido ser consciente de lo alejadas del periodismo que están estas nuevas generaciones. Siempre pensé que la principal dificultad para estar bien informado era no poder acceder a la información. Pero ahora que abunda y está tan a mano, veo que la falta de criterio es un lastre para navegar en ese mar abierto. A eso se le suma una falta de interés que dice mucho de la deriva que está sufriendo nuestra profesión. El periodismo ha perdido su prestigio, igual que lo han perdido instituciones antes muy reconocidas, como los Gobiernos.

Pero la necesidad de información fiable sigue existiendo. En principio, en las aulas de los institutos no se conocen los principios y compromisos del periodismo, y a veces se asume la información sin saber de dónde viene, cuánto cuesta conseguirla o lo importante que es poder transmitirla en libertad. Tampoco preocupan los efectos de la desinformación y los bulos, vistos de forma genérica. Sin embargo, no es difícil despertar el interés del alumnado si el tema les resulta cercano: si contradice o reafirma lo que saben sobre su entorno, su familia, sus gustos… y a continuación sus principios, ideales y aspiraciones.

Porque en clase quieren hablar de sus barrios, claro que sí, y de música y deporte. Pero también de política: el feminismo es un talismán para despertar a una clase que se aburre, todo el mundo tiene experiencias y opiniones, y todo el mundo quiere expresarlas, a veces con mucha vehemencia. Lo mismo pasa con la inmigración, especialmente si en el aula hay estudiantes llegados de otros países. O con avances sociales recientes, como el derecho al matrimonio o la adopción para personas homosexuales, que tienen interiorizados, pero les asombra saber que fueron adquiridos hace nada. Y todo eso son posturas políticas. En los talleres hemos hablado de los youtubers que les gustan, pero también de los impuestos que esos youtubers pagan o dejan de pagar. Y aunque la desidia hacia la política es general, también hay estudiantes interesados, y otros que sienten curiosidad por el periodismo. Cuando los debates se alejan de su día a día, y les interesan pero se ven inseguros al no poder demostrar de dónde vienen sus argumentos, es cuando se dan cuenta de la relación directa entre tener buena información y poder tomar partido. Aunque eso implique un esfuerzo.

Crear ese vínculo es una de las asignaturas pendientes de un periodismo que lleva tiempo sin dirigirse a la gente joven, abandonada por una profesión a la que no le llegan las manos para abarcar todo lo que debería. Pero que el alumnado no tarde en engancharse demuestra que el interés está ahí, y que impartir estos talleres de la Asociación de la Prensa de Sevilla en los institutos nos permite conectar. Tenemos como aliado al profesorado, que intenta educar a personas críticas, independientes y con valores, y entiende que el objetivo de los medios de comunicación debe ser ese mismo. Y el momento es perfecto: qué mejor edad para formar a lectores de periódicos, oyentes de radio y espectadores de televisión críticos que ésta, cuando todavía quieren saberlo todo.

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La Prensa en las escuelas


‘La Prensa en las escuelas’ es un proyecto educomunicativo, impulsado por la Asociación de la Prensa de Sevilla y financiado por EduCaixa, para promover la alfabetización mediática del alumnado de Secundaria y Bachillerato.


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