La asignatura pendiente

12 de mayo de 2021
Piedad Bejarano

Piedad Bejarano Fernández

“Ojalá nos enseñaran estas cosas en el instituto, creo que debería ser una asignatura obligatoria”.
Encontré este mensaje escrito en una esquina de los cuestionarios que el alumnado nos entrega en la última sesión en la que valoran los talleres. Había salido de una clase de 3º de la ESO, “las edades más difíciles” te dicen los docentes: las hormonas, los móviles, la pandemia, una adolescencia efervescente, esperemos que se comporten.

La generación tiktoker, nativos de las redes y dominantes del medio digital con una soltura apabullante, no saben casi cómo es un periódico o diferenciar entre lo que es un medio de comunicación de una red social. De hecho, para ellos lo habitual es confundir que instagram es un medio fiable, confiesa que en su casa no es habitual si quiera ver las noticias y su preocupación más inmediata es los me gustas o visualizaciones que tiene su última historia.

Quizá a alguien que lea estas líneas le sorprendería como parte del alumnado de estos talleres pensó que igual “podía ser cierto” que la nieve de la borrasca Filomena fuese plástico y no fuese “nieve real”. ¿Sorprende? Bueno, lo vieron en numerosos vídeos de tiktok e instagram, su referente de información principal.

Por supuesto, se avergonzaban de reconocerse crédulos de esta mentira, y otras cuantas que les puse impunemente en sus pizarras, también digitales, disfrazadas de noticias. La primera, ya por seguir la tradición que inauguré el año pasado en el que me estrené como dinamizadora, era un fake a la carta, creado por mí especialmente para ellos: en esta ocasión me inventé que su instituto estaba dentro de un proyecto de la Junta de Andalucía que se había aprobado para testar un nuevo método de evaluación sin exámenes, en la que contaría la autoevaluación personal y la que hiciesen los propios compañeros.

Rápidamente, saltaron las suspicacias “maestra, es que si me evalúa el que no me soporta voy a suspender”. Debate encendido rápidamente. Algún incrédulo decía que eso era una noticia falsa, “¿no veis que está publicado en diezminutos.com? Eso no es ningún periódico”. Pero la realidad es que entran al trapo, no se cuestionan en su mayoría que sea falso. Y no lo hacen porque el empaque parece muy verdadero: apariencia de noticia, titular, fotografía. Además, les demuestro lo fácil y rápido que es crear y difundir la mentira con apariencia de verdad.

Si simplemente la estética de noticia tiene ya un impacto de verdad y teniendo en cuenta que en la mayoría de los casos ni si quiera abren el link para averiguar la procedencia y se limitan a ver la pequeña miniatura que les aparece en whatssap, la difusión del bulo está servida. Ocurre en los adultos, imagínense en los adolescentes. ¿Cuántos de nosotros hemos recibido durante el confinamiento día tras día audios, mensajes, noticias falsas?

Pero hay algo que no podemos pasar por alto como periodistas, porque quienes utilizan esto con fines espurios no lo ignoran: la imagen sigue teniendo un poder de verdad muy potente, asociado a la fotografía casi desde su ontología, ya lo decía Roland Barthes: “si la cosa estuvo ahí (en la fotografía) es que existió”. Esta asociación de imagen y verdad puede resultarnos decimonónica pero sigue teniendo el efecto deseado, da igual que esta generación conozca a la perfección que la imagen puede ser tratada, falseada o manipulada. Saben que los filtros pueden hacer que cambies la fisionomía de tu cara. Pero siguen aceptando que una imagen es cierta. Y si la nieve se quema y se pone negra, es que es de plástico.

Aprovechando el tirón que tuvo la famosa campaña publicitaria de una marca de cerveza andaluza que utilizó un deepfake de Lola Flores, simulando que era ella cuando era una recreación digital, quise demostrarles el poder que tenían las nuevas tecnologías. Esta tecnología usada en lo publicitario en este caso, ya se probó con la imagen de Obama. No hay que ser muy alarmistas para vaticinar que pronto no será difícil que se cuelen vídeos recreados de ciertas personas emitiendo discursos que nunca dijeron. Si ya se ha hecho con políticos españoles en clave de humor, veremos si en el futuro el asunto deja de tener tanta gracia.

El experimento en el aula con Lola Flores fue sorprendente. No contaba que, para ellos, ese personaje les resultaba bastante desconocido. No sabían quién era esa señora en su mayoría. Y para mayor sorpresa, tras el bombo y platillo que se le dio al anuncio que apareció en todos los medios junto a su proceso creativo, tampoco conocían cómo se había hecho ni que era falso. La conclusión fue que en su mayoría creyeron que se trataba de un vídeo real, uno de archivo que habían rescatado para el anuncio.

Sí, tienen todas las herramientas pero también son vulnerables a todos los peligros. Están en primera línea de los algoritmos, son susceptibles a la manipulación y el engaño pero también son difusores potenciales. ¿Cuál es el antídoto? Periodismo. Periodismo y periodismo. No solo les hablamos de fakes. Las sesiones son un hervidero de debates entre el despertar y el enfado del que se da cuenta que hay que estar alerta, el que te pregunta qué puede hacerse para cambiar esta dinámica o el que dice darle igual todo esto. Y también debates en torno a la actualidad.

Aunque ven los periódicos casi como un objeto de exposición antiguo, quieren saber cómo trabaja un periodista, el que les hemos dicho que puede combatir contra tanta marea de bulos y manipulaciones. Al que deben valorar, el que debe tener unas condiciones de trabajo dignas ya que es el primer escudo ante este terrible tsunami de fakes. Ellos tienen tarea, sí, la de ser más críticos. Pero el periodismo es el antídoto.

Deben comprender que el periodismo es una profesión, que la información es su derecho y que como profesionales que velan por ese derecho deben ser respetados y valorados por la sociedad. “No confío en los periodistas”, escucho. “Los periodistas están todos comprados”, también escucho. Hay que alfabetizar. “La información es gratuita en internet”, me explican. Bueno, algo estamos haciendo. Sus profesores de Lengua me dicen que ven en clase los medios de comunicación. En selectividad se examinan comentando textos periodísticos. Sin embargo, les es muy ajeno todo lo que trabajamos en estos talleres.

Talleres por cierto, en los que hablamos también de temas tan fundamentales como la violencia de género o el feminismo, en el que surgen debates apasionados que a veces acaban en polémica y en el que sorprenden aún hoy en día, respuestas de chicos jóvenes muy agresivas ante un simple vídeo en el que se muestra como los altos cargos siguen estando protagonizados por hombres. Eso sí que es más preocupante que lo de la nieve. Veo reproducidos palabra por palabra discursos que cada vez colonizan más los algoritmos de las redes, que crecen como setas en forma de post, vídeos, reels, hastags.

La alfabetización mediática es la asignatura pendiente de nuestro sistema educativo. Tal vez sea hora de demandar en serio la necesidad de que esto sea una asignatura obligatoria en los institutos y que por supuesto, sea impartida por profesionales periodistas. El último módulo temático del informe PISA que ha publicado la OCDE asegura que “el 54% de los estudiantes españoles no ha recibido formación en sus centros escolares para identificar contenidos sesgados, subjetivos o parciales”. Estos talleres son muy necesarios. De eso no cabe duda. Y lo serán cada vez más.

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