Teorías conspirativas sobre la nacionalidad portuguesa del rey emérito y un gran apagón con acento chino

8 de diciembre de 2021
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Jesús Conde Duque

Las clases de alfabetización mediática dan para mucho, y en ocasiones el ingenio que derrocha el alumnado podría ser el germen de un guion para avispados caza talentos televisivos.

A modo de tsunami, como una gran ola envolvente, uno de los alumnos afirma en clase que el rey emérito, Juan Carlos I, ha logrado la nacionalidad portuguesa y vive en Portugal. Lo dice contundente. Sin lugar a dudas. Todos sus compañeros se lo tragan y, lejos de reprobarle, se ven seducidos por la idea. Es más, la defienden con uñas y dientes:

-“¡Juan Carlos vive en Portugal, Juan Carlos vive en Portugal!”.

Ante la duda, todos a una, como Fuenteovejuna. Al unísono, este grupo de 3º de ESO asume como propio el discurso. Les han colado un bulo nacido en la propia clase. A Juan Carlos I lo cambian de país. Lo visualizan disfrutando una fresquita Sagres y una deliciosa torrada ‘manteiga’ sin que nadie ponga en duda esta posibilidad. Todos se apuntan al carro del discurso dominante. Sin rechistar. Pero antes de nada, toca edulcorarlo, para que el próximo oyente lo deguste con más sabor:

-“Claro está, profe. Tiene su casa cerca de España y se lleva muy bien con sus primos, los herederos del trono de Portugal”.

Lo más curioso de todo, y lo más desternillante, es que defienden la tesis ‘juancarlista’ minutos después de trabajar en el aula el origen de los bulos. Eso que los profanos conocen como posverdad o ‘fake news’.

Señoras y señores: no les ha dado tiempo de salir de clase y ya están siendo víctimas de un bulo, sin ser conscientes de ello. ¡Esto es justicia poética y lo demás son tonterías! Se han inscrito a la religión de la Santa Posverdad para deleite de creyentes y agnósticos de los bulos.

En cuestión de noticias falsas, como en la vida en general, no es suficiente saber la teoría o presumir que uno es un experto desmontador de bulos. Es necesario experimentar el proceso en primera persona. Digerirlo. Y ‘hete aquí’ el valioso mensaje que se llevaron (además de unas risas por parte del monitor-dinamizador que les habla, todo sea dicho).

¡Cuando tú vas, yo vengo de allí!

Resulta evidente la frescura que transmiten los chavales y también cómo, una vez puestos en situación, afinan sus sentidos ante cualquier chismorreo. He de confesar que me chafaron la siguiente actividad. Les dio por desconfiar y no se tragaron el bulo que había preparado para ellos, recién sacado del horno. Era un dossier con noticias falsas sobre el ‘Gran Apagón’, que afirmaba que los creadores de este fenómeno tienen acento chino. Pero nada. Para entonces ya habían despertado su olfato antibulos.

Interiorizaron que ellos, como lectores y como consumidores, tienen la obligación de contrastar los hechos. Es la única fórmula para dejar de ser meros agentes pasivos, capaces de reproducir cualquier clase de sandez que les llega a golpe de ‘whatsApp’, en las redes sociales o desde el antojo del algoritmo. A modo de bola de nieve que engulle y confunde a parroquianos y eruditos a partes iguales.

Mi paso por los talleres ha sido muy satisfactorio. Con una pasmosa energía los alumnos descubren un elemento cuasi desconocido para ellos. Algo que muchos sitúan en el Jurásico arcaico: ¡Un periódicoooooo!

Admiten que no leen artículos en prensa, no siguen los informativos más allá del fútbol masculino de primera división. Aunque las dinámicas despiertan su curiosidad. La magia se produce en el aula cuando son partícipes de que estar informados les empodera, les hace más libres y les permite ser partícipes de algo tan esencial como es la democracia.

Desde el juego les mostramos cómo la lectura de un periódico puede despertar su actitud crítica, les permite desarrollar una opinión propia y acercarse a la realidad con una mirada poliédrica. Que escuchar un informativo les abre una ventana al mundo, un postigo desde donde descubren lo que ocurre en sus barrios, cuáles son las realidades de las personas migrantes, la realidad del obrero que se manifiesta en la Bahía de Cádiz…

En resumen, los talleres son dinámicos. Se motivan, abren las alas. Pero…

-¡Atención! -¡Alerta, alerta! -¡SOS, SOS! -¡Alerta, alerta!

Han saltado las alarmas. El cariz cambia y la atención se distorsiona cuando abordamos los feminismos. Se hace silencio y a bote pronto toman la palabra en clase airados comentarios que dudan sobre la existencia de la violencia de género.

Son una minoría, todo sea dicho, pero reproducen un discurso ‘negacionista’. No quieren oír hablar sobre los techos de cristal, se resisten a debatir sobre la naturaleza de las violencias machistas (así, en plural). Alumnos a los que les cuesta dialogar sobre los estereotipos de género que hoy se perpetúan a modo de titulares o mensajes jocosos en medios de comunicación, y sobre todo en redes.

¿Por qué la alfabetización mediática?

Queda mucho camino por delante. La alfabetización mediática -también bajo una perspectiva de género- resulta fundamental en nuestras aulas. Hacer partícipes al alumnado también. Si tenemos ante nuestras manos a la llamada sociedad de la información, a los nativos digitales, ¿no piensan que deberíamos aportarles las herramientas con las que desenvolverse como una ciudadanía libre y consciente?

Aprovecho esta plataforma para reivindicar la importancia de la alfabetización mediática hecha por periodistas, en consonancia con el proyecto ‘La Prensa en las escuelas’, que impulsa la Asociación de la Prensa de Sevilla.

Cabe recordar que la Ley Audiovisual de Andalucía recoge el derecho de la ciudadanía a la alfabetización mediática. También señala a la Junta de Andalucía como responsable de su desarrollo e implementación, en un momento en que la Lomloe apuesta por ampliar las competencias en comunicación en su currículo.

Competencias que de manera sobrada hemos demostrado tener los periodistas, profesionales adiestrados durante la universidad y durante nuestra amplia experiencia laboral.

Puede que sea la profesión más bonita del mundo, pero también es inestable y paupérrima. Somos perseverantes, nos mueve la vocación, pero estamos arrastrados al ostracismo en numerosas ocasiones.

Al igual que describe el mito de Sísifo, parece que estamos condenados a rodar montaña abajo con una piedra. Una y otra vez. A ningún colega que lea estas líneas le cogerá de sorpresa que la precariedad ilustrada es nuestra forma de vida. Muchos periodistas llevamos varias crisis a nuestras espaldas. Mucho trabajo, mal remunerado o poco reconocido, eternos becarios, contratados como auxiliares de redacción para pagarnos el salario mínimo. Falsos autónomos, jornadas maratonianas sin oler las horas extras, ‘mobbing’ laboral…

Por eso, porque la alfabetización mediática puede poner orden a un mar de incertidumbres que se ceba de las ‘fake news’. Porque puede ser un antídoto natural para combatir la desinformación. Porque muestra los medios para disfrutar de una información veraz, a través de los medios de comunicación.

Y también por nosotros, los periodistas, porque hemos demostrado que estamos preparados para ejercer la labor de alfabetizadores. Es el momento de reivindicar nuestro papel como agentes dinamizadores de este proceso, con la creación de una asignatura de Periodismo en Secundaria y Bachillerato.

Administraciones públicas, responsables públicos en general: cuentan con profesionales y con las claves para hacerlo. Ahora sólo falta voluntad. Una apuesta real. La pelota está en su tejado.

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La Prensa en las escuelas


‘La Prensa en las escuelas’ es un proyecto educomunicativo, impulsado por la Asociación de la Prensa de Sevilla y financiado por EduCaixa, para promover la alfabetización mediática del alumnado de Secundaria y Bachillerato.


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